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De Roncesvalles (Navarra) a la cima del Pirineo

La ruta en la que erróneamente creyeron algunos que acaeció la emboscada a la retaguardia carolingia en el 778.

 
 »   Descripción:
Roncesvalles fue vía romana, hoy sepultada en la mayor parte del trayecto por una estrecha carretera de cinco kilómetros que se convierten en siete hasta su conclusión en la cima del Orzanzurieta. La ruta que fue primigenia jacobea, desde los días de su construcción en el siglo I a.d.C. debió de pesar sobre ella alguna suerte de prohibición, tal vez por ser de estricto uso militar, una de las razones de por qué pudo acabar convirtiéndose en desconocida, en camino muerto que sólo frecuentaban pastores y rebaños, hasta hoy en que los peregrinos de los Xacobeos la han descubierto a través de la lectura de Aymeric Picaud. Los bárbaros parece descartado que accediesen por ella, o nunca los pamploneses los hubiesen contenido; por lo mismo, tampoco los vascones habrían podido contener al ejército de Carlomagno en unos montes sin condiciones apropiadas para desencadenar un asalto emboscado sobre tantos hombres. ¿Conocía Carlomagno el camino de Lepoeder? No parece factible. Los cronistas nada refirieron de marchas por las alturas; la Canción de Roldán tampoco, salvo vagas alusiones a unos Porz de Aspre tildados negativamente como puertos ásperos, que según Jimeno Jurío deben de corresponder a la subida de Ibañeta a Lepoeder: Aspre debió provocar en el poeta la aplicación del adjetivo asper (esp.: áspero, fr.: apre, ita.: apro), como topónimo de las montañas (1).

En la Gran Enciclopedia Larousse (2) figura también un Aspres en la comarca del Rosellón con que aludir a unas colinas pedregosas, áridas, en particular entre el Tet y Tec y un Aspromonte, cantar de gesta francés, vinculado con el macizo italiano del mismo nombre, en el que se narran algunas de las hazañas de Roldán en sus mocedades.

A unos pasos de un búnker aledaño a la estela de la Virgen arranca el camino de Lepoeder, todavía con vestigios de ruedas de carros de los últimos arrieros en utilizar esa vía de comunicación con Francia. Otros senderos menores, apenas distinguibles entre helechales, parecen dirigirse a Quinto Real y a los barrancos de Roncesvalles y Valcarlos. Es sorprendente como en determinadas encrucijadas naturales se pone de manifiesto el afán del hombre por abrir caminos, unas veces por alcorzar sólo unos metros, otras para rebajar la pendiente para algún tipo de cargamento. Pero el genuino que emprende la subida al puerto pronto es engullido por el asfalto, salvándose únicamente el modesto sendero G.R., que despreocupado de pendientes, curvas y hondonadas, cumple su propósito de remontar los lomos de la divisoria axial.

A menos de un kilómetro, donde la primera de las cerradas curvas del recorrido, hay ocasión de contemplar paisaje histórico y legendario, Ibañeta y Roncesvalles por primera y única vez desde un apacible prado, un calvero entre el hayedo, que preside un búnker revestido de tupido musgo, que semeja la figura antropomórfica de uno de aquellos pastores de antaño que cubrían cabeza y hombros con kapusais, rudimentarias capas de pelo de cabra tan apropiadas para el frío y la lluvia.

El momento es apropiado, también, para recordar los versos de la canción de gesta que aluden a un prado volcado hacia España que acabó teñido de sangre bermeja, la de Roldán. El héroe seguramente expiró en el collado de la capilla, según la idea más extendida entre los eruditos, lo que no quita para que su larga agonía empezara en otra parte, un prado como el del búnker antropomórfico. Desde el punto de vista de la chanson, Roldán fue herido en uno de los primeros combates librados a pie de puerto, tras lo cual retornó al punto de partida, seguramente Ibañeta, y acuciado por la ventura que corría su gente se encaramó a un alto desde el que divisar el campo de la lucha. Comprendiendo entonces que no había salvación optó por cambiar de vertiente y asomarse a Valcarlos, desde el camino a Lindux o desde cualquier altozano de la vía romana, con el propósito firme de hacer sonar el olifante que alertase a la columna de vanguardia. Carlomagno oye la llamada y acudirá presuroso. A Rencesvals ha vuelto Carlos -En Rencesvals en est Carles venuz-, dirá el poema, pero no lo halla en el fastigio del puerto, sino tendido en otro sitio vecino.

Monte arriba, a la vera de la carretera, entre matas de plantas aromáticas y humildes florecillas de camamila, de acónito y de digital, las bellas dedaleras que constató Iturralde y Suit en su apasionada ascensión al Astobizcar a primeros de siglo XX, en un tiempo en que los intelectuales navarros empezaban a descubrir el paisaje navarro, dos nuevos búnkers surgen vigilantes, estratégicamente ubicados.

¿Tantos eran los peligros que se temían de Francia? Pascual Madoz, mucho antes de que se construyesen, había recomendado aumentar obstáculos estables, que hiciesen intransitable el paso de los Pirineos. Cercano a los mismos otro solitario prado concita la atención por dos anchurosos caminos que parten en direcciones opuestas; uno, con trazas de reciente, lo hace entre tojales hacia alguna majada del vallecito Arrañosin; el otro, de unos cien metros a lo sumo, marcha paralelo al asfalto entre haces de juncos, y aunque muy deteriorado por las aguas de lluvia, tiene la impronta de ser camino viejo, vía romana que vuelve a interrumpir bruscamente otra cerrada curva que circunda un roquedo grisáceo muy cuarteado, espléndido balcón del alto Valcarlos y del monte Guirizu, uno de esos parajes que coinciden con la ubicación que reservó Moret para los vascones acechantes: Dexáronle pasar los nabarros y empeñarse bien adentro de la quebrada, donde dificultosamente podría revolver (el rey) para socorrer a su retaguardia acometida. La canción de gesta no cesa de aludir a puntos sobresalientes a los que acuden varios personajes, primero el caballero Walter del Hum con la misión de vigilar con mil hombres -milie Frans de France- el tránsito de Carlomagno por el desfiladero, hasta que de pronto alguien anuncia: ¡Los paganos cabalgan por los inmensos valles!. Oliveros decide comprobarlo por sí mismo desde un alto desde el que se veía la llanada, y convencido del peligro que se cernía, deja el paraje y se va al encuentro de Roldán, al que sugiere: Haced sonar vuestro olifante.

La escena se completa en el relato de Turpín, que desvela que el héroe, no dando crédito a lo que le comunican, subió a un monte, y viendo que eran muchos, volvió atrás por el camino de Roncesvalles, por donde iban los que deseaban atravesar el puerto, pero no llamó al rey todavía, sino que decidido se lanza a la lucha.

Próximo al peñón espera otro trecho del camino antiguo, que se interna por un hayedo de descarnadas raíces, muy estropeado e invadido por piedras desprendidas de la construcción de la carretera, pero herboso y firme cuando sale a la luz en los aledaños del collado de la subida, Igalepo, antiguo asentamiento de bordas pastoriles, axial, medianero entre el barranco de Arrañosin y el Undarzano, uno de los más inaccesibles de Valcarlos, por donde sube con fuerza el viento encajonado desde el fondo de la cordillera, apuntó Iturralde, culpable de que árboles y arbustos crezcan deformados, y de que en los crudos días de norte el caminante apure el paso en busca de la protección de la ladera meridional de Astobizcar, alcorzando por otro ramal intacto del camino viejo, hasta incorporarse decididamente a la carretera. Atrás queda la cota 1.300, umbral de la alta montaña, techo biológico para las hayas, la línea que la naturaleza ha marcado para otra vegetación más fuerte, precisó Madoz, y por delante, un trecho de moderada cuesta de casi dos kilómetros hasta doblar Lepoeder, circundando el barranco Otezulo del que sube el estruendo suavísimo, vago, casi imperceptible (Iturralde) del arroyo que discurre por Roncesvalles, corredor de collado a collado al que hay que prestarle la debida atención porque varios eruditos, hace ya algún tiempo, se mostraron convencidos de que ahí se perpetró la emboscada contra Roldán, habiendo acomodado la topografía bélica de los cronistas del siglo IX, ceñida a la hondonada valcarlina, a los altos parajes de la ladera del Astobizcar, todo a raíz de las aventuradas impresiones de José de Moret en el siglo XVII, primero en mezclar a tan emblemática montaña en los hechos del 15 de agosto, que por hallarse en lugar superior y muy ventajoso los vascones esperaron en ella a los francos, tanto si partían por Valcarlos como si lo hacían subiendo a Lepoeder.

Dos siglos después, Joseph Bedier, prestigioso romanista francés que se ocupó de Roncesvalles, no vaciló en determinar que los vascos, escondidos en los bosques de Altobiscar, cortarían el paso a los francos que subían por el flanco de la montaña entre Ibañeta y el puerto de Lepoeder y los precipitarían al barranco (4). Nadie duda que es perfectamente posible cortarle el paso a un ejército en ese tramo de la ladera de Astobizcar, ineludible desde la prehistoria para cualquier sendero, vía romana o carretera, pero qué se habría conseguido, ¿el despeñamiento de todos al barranco? Difícilmente, tratándose de 5.000 a 10.000 hombres, buena parte de ellos a caballo y acompañados por carros, que dada la estrechez del sendero situaría a la cabeza doblando Lepoeder mientras la cola ni siquiera se habría movido de Roncesvalles.

Bedier habló también de bosques por la cumbre de esa montaña, único modo con que ocultar a los emboscados, idea que se aprestó a recoger Louis Colas: La cumbre de Altobiscar estaría todavía cubierta en gran parte por bosques de hayas (5). Gaston Paris, mucho más impreciso y genérico, mantuvo que la batalla tuvo lugar, en efecto, cerca de Roncesvalles y de Ibañeta, pero en las cimas que los dominan, donde el camino se hace más estrecho, y el ejército de Carlomagno, entorpecido por la carga, no podría avanzar más que muy lentamente (6). Ni lentitud ni cargamento podían ser alicientes, salvo que se hubiese pensado en el saqueo, lo que llegó a sugerirse como móvil principal del asalto.

Recientemente, Pierre Narbaitz se mostró convencido de la imposibilidad de que el rey hubiese partido por parajes tan inhóspitos e inaccesibles como los de Valcarlos: No puedo concebir que un jefe militar de la talla de Carlomagno haya podido pensar en que ese camino le fuera favorable, llevando a un ejército como el que volvía de Zaragoza (7). Tampoco los generales romanos daban crédito a que el ejército del cartaginés Asdrúbal Barca hubiese podido traspasar el Pirineo, acompañado de una veintena de elefantes, entre algún punto de Irún y Roncesvalles.

En parecidos términos se expresó Menéndez Pidal, partidario de que Carlomagno no se pudo retirar por las angosturas extremas de Valcarlos, que no fue jamás una calzada romana, sino por el camino que va por las cumbres, la verdadera calzada (8).

Nunca hubo tal calzada en sentido literal; no se ha sabido de ningún tramo empedrado por esos montes; sólo explanación y ensanchamiento de senderos neolíticos que cruzaban de una vertiente a la otra. José María Lacarra, por su parte, impulsado por el influyente autor de La España del Cid, no dudó en emplazar en la ruta del alto puerto el escenario bélico: Si la primera columna, a cuyo frente iba a Carlos, había remontado el collado de Lepoeder y la vertiente sur de Altobiscar e iniciado el descenso, nada podía saber de la suerte que estaba reservada a la columna de la retaguardia, que más tarde había de iniciar el ascenso (9). Aparte de contradecir a Bedier, que se atrevió a despeñar al ejército al barranco Otezulo, no aclara dónde sitúa la escena de Roldán tocando el olifante. ¿Bajo la mole de la montaña en cuestión? ¿En la cima del puerto? De haber podido alcanzar Lepoeder, más le hubiese valido lanzarse a caballo por la vía romana o llamarlo desde alguna cumbre sobre el valle de Arneguy, donde se supone que acampaba.

(1) Jimeno Jurío, José María. O.c., pag. 159.
(2) Gran Enciclopedia Larousse. Tomo I. pag. 766.
(3) Iturralde y Suit, Juan. Obras. I, Pamplona, 1990, pp. 291 y ss.
(4, 5 y 6) Joseph Bedier. Les legendes epiques. París,1912. Louis Colas. La voie romaine. Biarritz,1913. Paris, Gaston. Roncevaux. París, 1912. (Citados por Pierre Narbaitz. Orria o la batalla de Roncesvalles. Pamplona,1979. Pags., 103-105).
(7) Narbaitz, Pierre. O.c., pag.103
(8) Menéndez Pidal, Ramón. La Chanson de Roland y el neotradicionalismo. Madrid,1959. (Citado por José María Jimeno Jurío. O.c., pag.21)
(9) Lacarra, José María. Investigación de historia navarra. O.c., Pamplona,1983. Pag. 62.

Publicado por Carlos Viñas-Valle -
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